La Tradición, como forma de hacer las cosas en el gobierno,
ha sido el hilo conductor de la administración pública en México. Lo que llamamos
“EL SISTEMA”, ha establecido por décadas, la forma de actuar de las nuevas
autoridades, que se alternan cada seis o tres años según sea el caso. “El
SISTEMA”, se podría traducir como una cultura profundamente arraigada en la
clase política (por desgracia en ella están incluidos todos los partidos
políticos sin excepción), además de ser avalada por la apatía de la población
en el país. ASÍ FUNCIONA, ASÍ, HA SIDO SIEMPRE, ASÍ, SE SEGUIRAN HACIENDO LAS
COSAS. Un cambio de gobierno, para que todo siga igual.
El enfoque tradicionalista se traduce en conductas y visiones
perniciosas, que impiden que la gestión pública sea efectiva, dejando como
consecuencia la falta de soluciones que eleven la calidad de vida de los
ciudadanos. Veamos algunas de ellas:
La visión
patrimonialista del poder. Las instituciones
públicas se vuelven propiedad de los gobernantes y funcionarios en turno, y
como propiedad, la prioridad es la defensa de ese patrimonio; la asignación de
puestos se vuelve una lucha encarnizada; el disfrute del poder, las
prestaciones del puesto, la oportunidad de hacer negocios o conceder favores,
son la prioridad; los funcionarios ven con resentimiento cualquier intento de
intervención de otros en su campo de acción; las ideas de cambio solo pueden aceptarse
si son propias, las propuestas ajenas, no tienen valor y se toman como un
peligro para la estabilidad personal del funcionario; a cada paso, surgen
dificultades para coordinarse con otros, las visiones de conjunto se hacen
imposibles de realizar; la participación ciudadana se vuelve inaceptable; con
estas y otras actitudes negativas, los programas de gobierno se traducen solo
en ocurrencias de escritorio, ignorando la verdadera problemática de los
gobernados, e imposibilitando una solución global a los problemas nacionales,
estatales o municipales.
La visión de hacer
negocios como eje del quehacer público. El motivo
principal de los funcionarios en turno, no es el servicio público, sino la
oportunidad de hacer redituar al puesto haciendo negocios, vendiendo favores,
dificultando trámites para obtener ganancias, haciendo de la corrupción el
principal eje de la actividad.
La visión personal como
prioridad vs. El servicio para el bienestar de los ciudadanos. Imponer la visión personal sin fundamentos que la legitimen,
como sería la participación ciudadana. Hacer el menor de los esfuerzos posibles
respecto a las obligaciones del puesto, ignorar los requerimientos de la
ciudadanía porque complican la vida del funcionario, hacer caso omiso de los
problemas o no darles la importancia que tienen y con más razón, si estos, son
de difícil solución; ausencia de una rendición de cuentas objetiva, universal,
transparente y entendible para los ciudadanos. .
La visión de
administradores del presupuesto. Los
problemas se enfrentan solo si existe presupuesto para solucionarlos; los
problemas de fondo que requieren más recursos o que no cuentan con ellos, se
ignoran mediante la postergación “ad infinitum” del mismo; sencillamente se
ignoran los reclamos sociales por este motivo. Se elimina por completo la
elaboración de planes a largo plazo que definan claramente a los problemas y la
necesidad de solucionarlos, perdiendo así la posibilidad de crear agendas
públicas de largo plazo, transparentes a la ciudadanía. Provocan con la omisión
de sus responsabilidades la acumulación del rezago en los factores que requiere
el bienestar de vida urbana.
La visión del corto
plazo. Solo se planea o actúa en función del
periodo de gobierno, se desechan las políticas públicas a largo plazo o bien
las políticas públicas y/o planes de la anterior administración. Se declina
enfrentar el trabajo de diseñar el futuro nacional o de las ciudades. Se anulan
las posibilidades de progreso provocando necesariamente la reinvención del
siguiente gobierno.
El futurismo. Establecer como prioridad personal, promocionarse para un
nuevo puesto, ignorando o minimizando las responsabilidades del actual. La
visión de ocupar un puesto para alcanzar otro más elevado, o perpetuarse en la
administración pública, o ahorro de un capital personal para promoverse
políticamente al futuro.
La opacidad de la
gestión. Se elude informar de manera
transparente y permanente a la sociedad sobre la gestión de cada área del
gobierno, obligando con ello a que los ciudadanos tengan la necesidad de
consultas personales de datos o información que deberían estar siempre a la
disposición de la ciudadanía a través de las tecnologías de información
existentes. El sistema de transparencia se convierte en el mejor de los casos
en un autoengaño, ya que burocratiza la transparencia, la dificulta, la
retarda. En las solicitudes de información de un particular, se ignora o se es
reticente a las peticiones de información de la ciudadanía, buscando provocar
el cansancio o la desesperación del peticionario con la esperanza de que aborte
su solicitud.
Rendición de cuentas
insuficiente. Los funcionarios de todos
los niveles solo informan a sus superiores, ignorando a su verdadero patrón,
“el ciudadano”. Ello provoca la falta de información de la sociedad sobre los
temas de interés de áreas específicas de la gestión pública, que son sensibles
al bienestar de los ciudadanos.
Repercutirle al
ciudadano las fallas burocráticas. La falta
de un sistema de información integral, implica trasladar al ciudadano los
efectos de las fallas del sistema burocrático, esto es que el ciudadano, debe
en cada trámite administrativo o en una denuncia, proporcionar la información
que el municipio debería tener ya sistematizado, la actitud básica es pedir
copias fotostáticas a diestra y siniestra y/o la presentación de documentos,
aunque el ciudadano los haya presentado previamente una o varias veces; o bien
la imposición de obligaciones al ciudadano de realizar investigaciones que la
autoridad debería realizar.
La fragmentación de la
gestión pública. La administración está
fragmentada en sus visiones y acciones sobre los problemas de la ciudad,
provocando con ello, la apatía de los funcionarios hacia los problemas de temas
que no les corresponden; escudándose en las leyes orgánicas o reglamentos. Ello
provoca la imposibilidad de buscar solucionar los temas que requieren acciones
interdisciplinarias, que busquen resolver la problemática de la ciudad de
manera proactiva y con un enfoque de una organización que visualice a la ciudad
como un todo. La fragmentación administrativa se convierte en el mejor de los
pretextos para justificar una mala administración gubernamental.
La visión hacia adentro. Los administradores públicos municipales enfocan sus
mayores esfuerzos hacia adentro de la organización, dejando en segundo término
a la ciudadanía o a sus públicos. Esta visión se enfoca en la búsqueda de
beneficios para los integrantes de la institución pública, se anteponen los
derechos propios al de los ciudadanos. Se vuelve más importante arreglar los
asuntos internos, que resolver los problemas de la ciudad. Como ejemplo se
vuelven más importantes los descansos de los empleados, que la atención al
público; El gasto corriente se asegura en perjuicio del gasto de inversión.
El enfoque tradicionalista impide resolver los grandes y
verdaderos problemas sociales, económicos ambientales y del hábitat;
imposibilitan la gobernanza y la participación ciudadana. Nuestras ciudades padecen una serie de dificultades que se postergan permanentemente
por las visiones mencionadas antes: La tendencia a la sub-urbanización, el
gigantismo por falta de la buena administración del territorio. La
concentración de pobreza y desempleo en los barrios urbanos, y en los
suburbios. La creciente congestión vehicular, y la falta de un gran sistema de
transporte público. El deterioro ambiental: aire, ruido, basura, agua,
deforestación. La problemática del agua. Economía no sustentable. Divorcio
entre autoridades y la población. La corrupción en todas sus acepciones, por
acción, omisión apatía o irresponsabilidad.
En el sistema tradicional, las políticas públicas
corresponden a un programa de acción de la autoridad pública, este concepto le
asigna un papel demasiado central al estado, así, las autoridades políticas y
administrativas, tienen una posición excluyente en el tratamiento de
problemática colectiva de la sociedad.
La gestión
administrativa tradicional ha ignorado la problemática de la ciudad,
concentrándose solo en la gestión del organismo municipal con visión
burocrática, en lugar de administrar a la ciudad como un gran organismo, en
donde la institución del gobierno municipal es solo parte de este
Esta forma de
administración con visión cortoplacista, obliga a reinventar la ciudad cada
tres años; divorcia permanentemente los temas del bienestar urbano: La
habitación con el transporte y con los centros de trabajo. El acceso a la
cultura, al deporte y al sano esparcimiento. El medio ambiente y la salud. Los
empleos bien remunerados con servicios sociales, con el crecimiento económico y
la inversión. Problemáticas complejas cuya solución exige integrar transporte,
vivienda, sistemas de formación y empleo adaptados a las necesidades locales.
En resumen: El
tradicionalismo administrativo se podría definir como el gran obstáculo para el
progreso de las ciudades en estos tiempos: autoridades indiferentes, apáticas,
ignorantes de la problemática urbana, ajenas a su gran responsabilidad,
prefieren dedicarse a administrar el presupuesto y vivir en una zona de confort,
sin importarles el drama que significa para millones de personas, el vivir de
manera miserable.
El sistema tradicional de gestión pública, se ha convertido
en el motor para activar una bomba de tiempo social, hemos sido testigos, que
los problemas de las ciudades tienen una dinámica de crecimiento superior a la
de las soluciones que plantean las actuales políticas públicas así como las
acciones ejecutivas de los administradores municipales.
El crecimiento de las ciudades es un hecho real, que ha
venido ignorándose en México y en Jalisco en particular, así, con el argumento
de periodos municipales de tres años, la visión para enfrentar las soluciones a
la problemática urbana, siempre es la postergación de los temas más difíciles
por su magnitud, o desechar los problemas por el hecho de que otro nivel de
gobierno lo tiene como responsabilidad. El resultado de la acumulación de
problemas genera una catástrofe urbana que se incrementa cada tres años. La
pérdida de tiempo que acumula cada administración municipal se convierte en una
enorme irresponsabilidad produciendo el deterioro de la calidad de vida de los
habitantes de las ciudades.
Así, la visión de corto plazo se traduce en futurismo en el
mejor de los casos o en el reconocimiento tácito de incapacidad del gobierno
municipal en turno.
La disyuntiva es: seguir con un sistema de administración en
donde las autoridades gobiernan para los ciudadanos o una administración
incluyente que gobierne con los ciudadanos.
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